“El cereal que sostiene la vida…”

El maíz en la cultura (II)

El 30 de mayo de 1498, Colón inició su tercer viaje al Nuevo Mundo con 8 barcos y 226 tripulantes, entre ellos fray Bartolomé de las Casas. Mientras tanto, Europa ya disfrutaba de los productos llevados desde América, sobre todo los agrícolas, luego del primer viaje.

La portada de la edición Viajes de Cristóbal Colón que contiene las crónicas de los viajes del almirante, específicamente del tercero
La portada de la edición Viajes de Cristóbal Colón que contiene las crónicas de los viajes del almirante, específicamente del tercero

“… hicieron traer pan, y de muchas maneras frutas é vino de muchas maneras blanco é
tinto, mas no de uvas: debe él de ser de diversas maneras, uno de una fruta y otro de otra; y asimismo debe de ser dello de maiz, que es una simiente que hace una espiga como una mazorca, de que llevé yo allá y hay ya mucho en Castilla…”. De esa manera el almirante se refiere al maíz en el diario de su tercera aventura por estas tierras.

Muy pronto el grano, que se había dado en muchas variedades en toda América, recorrió el resto del mundo como también lo hicieron la papa o el tomate. El maíz, cuyo nombre original era “ma-hiz” en la lengua arawak de los taínos, los habitantes de las islas con quienes Colón tuvo el primer contacto, era un producto que estaba fuertemente enraizado en la cultura de los nativos americanos.

Las tradiciones, la culinaria, la religión, los mitos, las leyendas, el folclore, todas esas maravillosas manifestaciones están tocadas, entre otras cosas, por el maíz y sus múltiples especies. Desde los nativos de Canadá hasta los de la Patagonia; desde la leyenda de Quetzalcoatl y el maíz en México hasta la leyenda del avati en la región guaraní, el grano está siempre alrededor de las personas y enlazadas fuertemente con ellas. Con mucha razón los nativos de Haití decían de él “el que sostiene la vida”.

Fuente:
Fernández de Navarrete, M.; Casas, B. de las; Alvarez Ch., D. Viajes de Cristóbal Colón (1922). Madrid, Calpe.
Serratos H., J.A. El origen y la diversidad del maíz en el continente americano (2009). 2ª Edición. Universidad Autónoma de la Ciudad de México, Greenpace. México.

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Francisco Sauvageod de Dupuis y el Himno nacional

Francés de nacimiento (1813), no existe mucha información acerca de él hasta que recaló en Asunción en 1853, contratado por don Carlos Antonio López como parte de sus acciones para modernizar el Paraguay.

Portada del resultado de la encuesta llevada a cabo por el Instituto Paraguayo para la dilucidación de la originalidad del Himno nacional paraguayo en 1923 y cuyos resultados fueron entregados en 1930 al Estado para ser promulgado en 1934 (copia del original propiedad del autor)
Portada del resultado de la encuesta llevada a cabo por el Instituto Paraguayo para la dilucidación de la originalidad del Himno nacional paraguayo en 1923 y cuyos resultados fueron entregados en 1930 al Estado para ser promulgado en 1934 (libro, propiedad del autor)

Muchos fueron los técnicos y especialistas europeos cuyo servicio don Carlos había solicitado a Europa con la idea de darle al Paraguay una fisonomía moderna. Fue así que en 1853 llegó al Paraguay Francisco Sauvageod de Dupuis para hacerse cargo de la organización musical del Paraguay. Fue tan importante su contratación que percibía más que un ministro de Gobierno (mientras él ganaba 100 pesos fuertes, Francisco S. López ganaba 50).

Unos años antes habían comenzado los intentos por dotar al Paraguay de un himno. Información de ello se puede encontrar en el periódico El Paraguayo Independiente de 1845. Lo cierto es que ante lo caro que iba a costar que el autor del himno argentino, Vicente López, escribiera el nuestro, el poeta uruguayo Francisco Acuña de Figueroa tomó la iniciativa y en 1846 le obsequió al Paraguay los versos indicando en el manuscrito original que la música era igual a la del Uruguay pero sin acompañar partitura alguna.

Ese detalle ayudó a alimentar la polémica sobre el verdadero compositor de la música de nuestro Himno. Algunos sostienen que fue Dupuis, otros que fue el húngaro Debalí. Lo cierto es que el italiano Cavedagni, músico que llegó al país en 1874, fue el primero que lo publicó en ese mismo año en Buenos Aires. También hay otras versiones de Cantalicio Guerrero, Nicolo Pellegrini y Remberto Giménez.

Luego de la Guerra contra la Triple Alianza, el himno quedó relegado como muchas otras cuestiones de Estado, y se conocieron y utilizaron otras «canciones patrióticas», tanto en guaraní como en castellano, sobre todo alimentadas por la catástrofe que provocó la contienda.

Recién en 1934 se oficializó al Himno, pero con una curiosa base anecdótica: la encuesta que en 1923 iniciara el afamado Instituto Paraguayo «a fin de dilucidar diversos puntos obscuros y dudosos a su respecto», la que culminó con el veredicto de que el mismo era auténtico basado en diversos estudios bibliográficos y emerográficos.

Por último, el 20 de mayo es recordado como el del Himno Nacional paraguayo porque ese día fue entregado por el poeta Acuña de Figueroa a los representantes nacionales con dedicatoria especial al Paraguay y al presidente Carlos A. López. Dupuis fallecería en 1861, un día como hoy, 2 de julio, y Acuña de Figueroa el 6 de octubre de 1862, pocos días después que don Carlos Antonio López.

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Acerca del ferrocarril paraguayo

Los tambores de guerra contra los aliados estaban sonando fuerte ya cuando en 1864 el ferrocarril paraguayo inauguró su recorrido Luque-Areguá-Patiño un día como hoy, 5 de marzo.

Tren Lechero_Rev. Asunc_1951
Imagen del conocido como Tren Lechero, que unía San Lorenzo con Asunción

Una de las instituciones más emblemáticas del Paraguay es el ferrocarril «Presidente Carlos Antonio López», llamado así en homenaje al mandatario en cuyo gobierno las obras de progreso cambiaron la faz del país.

Luego de ocupar la presidencia a la muerte del Dr. Francia, don Carlos encaró con firmeza la modernización del país. Envío a su hijo Francisco en misión diplomática y comercial a Europa, contrató técnicos para residir aquí, modernizó la flota militar y mercante, abrió oficinas de negocios en otros países, apoyó la educación y fomentó las obras de infraestructura.

Entre esas obras resaltaba un medio relativamente nuevo que revolucionaría el transporte en el mundo entero: el ferrocarril. Con una visión progresista encaró los primeros trabajos a partir de 1854 y luego solicitó a los agentes del Paraguay en Europa la compra de todo lo necesario para que tengamos un tren.

El 24 de marzo de 1856 le fue enviado a los hermanos Blyth, encargados de negocios de Paraguay en Londres, una primera entrega de 200 mil pesos oro para la compra de todo lo necesario para cubrir 13 leguas de ferrocarril, la distancia aproximada entre Asunción y Cerro León: rieles, vagones y locomotoras» (Pérez Acosta, J.: Carlos A. López, Obrero Máximo. 1948).

Comenzaba de esa manera el camino largo, sinuoso y amargo de un medio que lamentablemente no llegó a consolidarse en nuestro país, en parte como consecuencia de la guerra contra los aliados. Hoy en día se extraña un medio de transporte como el ferrocarril, tan importante en otros países del mundo.

El ferrocarril en las Américas

La historia del ferrocarril en las Américas comenzó en los EE.UU. en 1831; luego le siguió Cuba, en 1834. En Sudamérica este transporte comenzó a rodar en Chile en 1851; en Brasil, en 1854 (según algunos autores), y en la Argentina en 1857. Para Pérez Acosta, Paraguay fue el tercer país sudamericano en contar con este medio de transporte (Pérez Acosta, J.: Carlos A. López, Obrero Máximo. 1948); para otros fue el cuarto, ya que Paraguay echó a rodar sus primeros vagones oficialmente el 25 de diciembre de 1861, a pesar de que en 1854 ya estaban trabajando en las obras para sostener las vías y aproximadamente a partir de esa fecha comenzó a funcionar un tramo que unía el arsenal con el puerto, pero para el uso de zorras estiradas a caballos y no locomotoras a vapor (Verón, L.: Ferrocarril del Paraguay. 2002).

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