Ayala, Estigarribia y el Partido Liberal

La historia, y eso es lo emocionante, tiene de hecho varios rostros que dependen de quienes escriben sobre ella, sobre el acto histórico…

Tapa del libro Ayala, Estigarribia y el Partido Liberal, de Policarpo Artaza
Tapa del libro Ayala, Estigarribia y el Partido Liberal, de Policarpo Artaza

La de Policarpo Artaza es una de esas visiones sobre un hecho o acontecimiento que ha marcado a fuego al Paraguay, la Revolución Febrerista (1936). La «cuartelada», como la define el autor.

En la nota preliminar de este interesante texto bibliográfico dice lo siguiente: «El doctor Juan Stefanich, ex ministro de Relaciones Exteriores del gobierno defacto surgido a raíz de la cuartelada del 17 de febrero de 1936, acaba de publicar en tres volúmenes los Capítulños de la revolución paraguaya. Quiere justificar en ellos aquel triste episodio llamándolo ‘movimiento de liberación integral del pueblo paraguayo’ contra los ‘vende patria, legionarios, entregadores liberales», cuando en realidad, el 17 de febrero de 1936 marca la iniciación de la anarquía que desde hace diez años carcome los cimientos vitales del Paraguay. La historia juzgará a su hora ese pronunciamiento, que no tiene justificación ni explicación alguna dentro de la lógica y del patriotismo».

El libro recorre, así, los prolegómenos de la Guerra del Chaco hasta el año 1937, como también sus hechos más sobresalientes.

Policarpo Artaza, al momento de editar este libro (1946) estaba en el destierro en la ciudad de Buenos Aires. Artaza, político y periodista, diputado y senador en su momento, dirigió también los diarios asunceños El Orden y El país, y afiló su pluma al lado de otros personajes como Gualberto Cardús Huerta, Eusebio Ayala y Rodolfo Riquelme. Su padre, héroe de la Guerra Grande, fue uno de los fundadores del Partido Liberal.

La Biblioteca Histórica Abierta Digitalizada Aranduvera tiene el placer de ofrecer este adelanto a la edición del libro en formato de lectura en streaming que subirá en breve a su página web en libre disposición de los lectores, ávidos de materiales sobre la Guerra del Chaco y su contexto.

Queremos agradecer, muy especialmente, al Prof. Arq. Quintín Fernández, la donación de este importante material, más aún teniendo en cuenta que el mismo pertenecía a su padre. Parafraseándolo: «El libro queda en buenas manos», en las del público lector que se merece tener a su alcance textos como este que le ayuden a construir su propio imaginario.

Muchas gracias, Prof. Arq. Fernández, en nombre del proyecto y en el de los lectores por disponer generosamente de este material.

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Día de la Mujer Paraguaya

A propósito del 24 de febrero (I)

Como es sabido, el 24 de febrero es recordado el Día de la Mujer Paraguaya gracias al esfuerzo y a la propuesta, ante el Congreso Nacional, de la diputada Carmen Casco de Lara Castro, sumado a los esfuerzos de la investigadora Idalia Flores de Zarza.

Serafina Dávalos, primera mujer en el Paraguay en ingresar a la universidad y primera abogada; gran luchadora de los derechos de la mujer

Cabe recordar que dicho acontecimiento tiene una base histórica, y es la Primera Asamblea de Mujeres Paraguayas llevada a cabo en 1867 durante la Guerra contra la Triple Alianza, misma en la que se había propuesto y aceptado la donación de joyas para financiar los costos de la contienda.

Pero la lucha a favor de los derechos de la mujer en el Paraguay tiene en este hecho, y en otros, los inicios de un intento de justa reivindicación a la labor y la función que cumplen. Hay que recordar, simplemente, el martirio de las residentas para comprender lo justiciero del homenaje y del reconocimiento de igualdad de trato y oportunidades.

Tal es así que al ser ocupada la ciudad de Asunción en 1869 y una vez fundado el periódico La Regeneración de la familia Decoud, éste fue uno de los voceros de la implementación de los derechos de las personas en el Paraguay. Entre ellos la institución del casamiento civil, la separación de la Iglesia del Estado, la igualdad de géneros en la educación y la libertad de acción de la mujer.

La discusión acerca del Paraguay que se pretendía se llevaba a cabo en todos los ámbitos de la sociedad y en todos los lugares posibles: bares, cafeterías, casas de familia, teatros improvisados y escenarios callejeros. Todos con un propósito final, devolver al país su estado de nación moderna con leyes justas e igualitarias. Se sucedían entre los oradores, grandes educadoras como Asunción Escalada y otras compañeras.

Pero hasta llegar a 1974, año en que se instituye el día como un objeto de reflexión y justiciero homenaje, pasó igualmente mucha agua bajo el puente. No es que no se había hecho nada, se estaba trabajando, y algunas de las acciones o antecedentes son los siguientes:

Año 1901: 36 mujeres de Concepción enviaron un telegrama al Senado nacional protestando por la elección de José Segundo Decoud para ocupar una bancada. Este hecho es considerado como una de las primeras manifestaciones políticas de la mujer en el Paraguay.

Año 1904: Las integrantes del Comité Pro Paz solicitaron al presidente Benigno Ferreira que evitara desatar la inminente guerra civil de esa fecha.

Año 1946: La Unión Democrática de Mujeres formaron la más importante organización social para lograr la amnistía y la vigencia de las libertades de “profesar su culto, pensar libremente, trabajar sin hambre y vivir sin miedo”.

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Juan Sinforiano Bogarín

Obispo y primer arzobispo de Asunción

Juan Sinforiano Bogarín, una de las figuras más importantes de la curia nacional, tiene entre sus ascendientes a otras como San Roque González de Santa Cruz, el misionero Amancio González y el prócer Javier Bogarín.

Monseñor Juan Sinforiano Bogarín
Monseñor Juan Sinforiano Bogarín

Mons. Bogarín escribió sus memorias, las que son un documento muy original para leer la historia del país, relatada desde su función pastoral. Vale la pena echar un vistazo a ellas.

Nació en Mbuyapey, localidad del departamento de Paraguarí, el 21 de agosto de 1863, apenas un año antes del inicio de la Guerra Grande, contienda en la cual perdió a sus progenitores. Primero a su padre, durante la defensa de Humaitá, y luego a su madre por la enfermedad del cólera, residenta en la localidad de Borja.

Huérfanos él y sus tres hermanos fueron criados por una tía materna durante esos duros años que fueron los de guerra y posguerra para el Paraguay. Cuando el Seminario Conciliar de Asunción abrió sus puertas en 1880 para continuar la prolífica labor que desempeñó durante años, teniendo sus antecedentes inmediatos en el Real Colegio Seminario de San Carlos, el joven Bogarín fue de la primera generación de ordenados, específicamente en 1886, el 24 de febrero.

Designado al siguiente año como párroco de la Catedral, los años en que estuvo al frente sirvieron para encarar proyectos de remodelación y restauración del templo, venido muy abajo por el tiempo y las acciones de la guerra contra los aliados, cuyos efectos también se hicieron sentir en la conformación del clero nacional que estaba reducido y desorganizado.

Precedido de un gran prestigio popular por la sencillez de su prédica como pastor, su trabajo apostólico y el apoyo a las diferentes organizaciones que rodeaban a la Iglesia, su nombre fue propuesto en una terna junto a Claudio Arrúa y Antonio Palacios para cubrir la vacancia dejada por el obispo Pedro Juan Aponte a su muerte en 1891.

En 1894, mediante Bula Papal, León XIII lo exaltó a Obispo del Paraguay, siendo consagrado el día de San Blas, el 3 de febrero de 1895, por el monseñor Luis Lasagna. En el año 1929, fue creada la Provincia Eclesiástica del Paraguay y en 1930 Juan Bogarín recibió el cargo arzobispal, convirtiéndose en el primero en este cargo en nuestro país.

Luego de 54 años de gran labor pastoral en que le cupo la reorganización del clero nacional, después del ordenamiento de casi cien jóvenes paraguayos, luego de haber apoyado la llegada de otras órdenes religiosas al país, de un gran apoyo a las organizaciones sociales y campesinas en defensa de sus derechos y de sus tierras; habiendo precautelado en un periodo de gran crispación civil por los enfrentamientos internos políticos los intereses de su feligresía con sendas Cartas Pastorales, falleció a los 85 años de edad el 25 de febrero de 1949, apenas luego de emitir la última de ellas siete días antes, un día como hoy 18 de febrero.

Fuentes:
Zubizarreta, Carlos. Cien vidas paraguayas. 1985. Editorial Servilibro, Asunción
Amaral, Raúl. Forjadores del Paraguay.
Seiferheld, Alfredo. Mis apuntes. Memoria de Monseñor Sinforiano Bogarín. 1986. Editorial Histórica. Asunción
Bray, Arturo. Hombres y épocas del Paraguay. 1957. Buenos Aires

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A 147 años de la célebre batalla de Curupayty

«¿No llegan hasta vuestro oído los aires marciales de una diana vibrante y arrebatadora? La batalla va a empezar. Mirad con vuestro pensamiento el soberbio panorama de aquella tarde inolvidable. Aquí, detrás de estas trincheras esperan nuestros leones, ávidos de pelear, devorados por la fiebre de una ansiedad incontenible».

Cuadro del pintor argentino Cándido López, llamado también el Manco de Curupayty ya que participó de la batalla y allí perdió el brazo derecho hasta el codo. Fue el principal ilustrador de la contienda a partir de los bocetos que realizó durante la misma
Cuadro del pintor argentino Cándido López, llamado también el «Manco de Curupayty» ya que participó de la batalla y allí perdió el brazo derecho hasta el codo. Fue el principal ilustrador de la contienda a partir de los bocetos que realizó durante la misma

De esa manera, Juan E. O’Leary rememora y homenajea el valor del soldado paraguayo y el ingenio del Gral. Díaz en la batalla de Curupayty (El Libro de los Héroes, pág. 260: 1922), la mas brillante y resonante victoria del Ejército paraguayo durante la guerra.

Luego de ser rechazado de las tierras aliadas el Ejército paraguayo, las acciones de la Guerra contra la Triple Alianza se desarrollarían totalmente en territorio paraguayo hasta finalizar en 1870. Tomaron el dominio de los ríos Paraguay y Paraná con el objetivo de llegar a Asunción, pero en el camino les esperaba la fortaleza de Curupayty y, más arriba, Humaitá.

Antes de la contienda, el 12 de setiembre, López y Mitre se reunieron en Yataity Corá para buscar una salida elegante al conflicto, acuerdo que no llegaría a causa de los brasileños. Entonces no quedó más que seguir con las acciones. El 22 de setiembre de 1866, Bartolomé Mitre, comandante de las fuerzas aliadas, ordenó el asalto de Curupayty que días antes 5.000 paraguayos fortificaron eficazmente.

El lodazal producido por una lluvia de tres días, la posición elevada, una laguna, el estero, las trincheras y las trampas que el Gral. Díaz ordenó que se plantaran rodeando la fortaleza fueron las murallas contra las que chocaron una y otra vez los soldados aliados en número de 9 y 8 mil argentinos y brasileños, respectivamente.

Carga tras carga eran rechazados. Los soldados aliados retrocedían y eran empujados de nuevo al frente por la retaguardia pasando por encima de los cuerpos de sus propios compañeros. Cuando Mitre ordenó la retirada, a las 17 hs., sobre el campo de batalla quedaron alrededor de 9 mil muertos e incontables heridos aliados, entre ellos la mayoría de los jefes de batallones y cuerpos.

En el lado paraguayo, las bajas fueron un jefe, tres oficiales y 19 soldados. La victoria fue completa y el efecto sobre la moral de los aliados fulminante. Varios cambios se produjeron como resultado de la batalla: el Brasil cambió a sus jefes principales, Mitre tuvo que volver a la Argentina a enfrentar revueltas internas a causa del desacuerdo con la guerra y las acciones se detuvieron por 10 meses aproximadamente.

Fue el tiempo corto de una paz impensada, de la calma que precede a la tormenta. Al año siguiente las cosas cambiarían y los aliados, repuestos de su derrota y aprendida la lección, atacarían de nuevo y ya no pararían hasta entrar sobre Asunción el 5 de enero de 1869.

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El origen del Día del Niño en Paraguay

De hecho, ningún episodio de guerra puede dejar de ser terrible en todos los sentidos. Y durante la Guerra contra la Triple Alianza (1864-1870) se vivieron varios de ellos.

Asunción había sido evacuada bajo orden marcial de Francisco Solano López en febrero de 1868 ante el avance incontenible de las fuerzas aliadas sobre el Paraguay. También habían sido evacuadas otras ciudades, tanto internas como aquellas a orillas de los principales ríos, Paraguay y Paraná, ante la amenaza de las fuerzas navales enemigas que se apropiaron del tráfico fluvial.

Luque se convirtió en la segunda capital, luego fue Piribebuy y por último San Isidro de Curuguaty. A Piribebuy se había trasladado gran parte de las funciones del Estado. Funcionaron el Tesoro, un hospital de guerra, el Archivo y el comando militar; incluso el periódico de trinchera La Estrella, dirigido por Manuel Trifón Rojas; incluso algunas legaciones extranjeras mantenían a sus representantes.

Pero la guerra no daba descanso. Piribebuy fue atacada por las fuerzas contrarias el 12 de agosto de 1869 como si fuera un acto premonitorio de lo que ocurriría apenas cuatro días después.

La desigualdad en el número de combatientes era inmensa y no dio posibilidad a ninguna victoria; apenas se atinó a la defensa. Cuando los aliados entraron a Piribebuy se libró la primera batalla urbana de la guerra, y los brasileños vengaron la muerte de su comandante José Luis Mena Barreto. El Conde D’Eu, jefe de las fuerzas imperiales brasileñas, ordenó pasar por degüello a los prisioneros y quemar el hospital de guerra con todo y enfermos más personal dentro en uno de los ejemplos más documentados de genocidio de esta guerra.

Sin embargo, otro episodio cruel se estaba gestando. Apenas cuatro días después, el 16 de agosto, el Gral. Caballero al mando de 3.500 soldados, entre ancianos y niños disfrazados con barbas postizas, más un escuadrón de 600 veteranos enfrentaron a brasileños y argentinos en número de 20.000 en la batalla de Acosta Ñú, conocida también como batalla de Campo Grande.

A cañonazos, con cargas de caballería, a sablazos y tiros; y como si eso no bastara, prendiendo fuego al monte y empujando a punta de bayoneta a los sobrevivientes dentro del bosque para que murieran quemados o ahogados por el humo junto a sus madres que ayudaban desde la espesura cuidando a los heridos y juntando a los muertos, el enemigo terminó la jornada con una victoria que muy poco habla de su moral.

Ese aciago día, el 16 de agosto de 1869, fue testigo del nacimiento en el Paraguay del heroísmo extremo que asumen los seres humanos en situaciones extremas, y dio pie no al festejo sino a la recordación que debe brindarse a la valentía de la niñez nacional. Asumamos, pues, en este día, con coraje y honor el homenaje a quienes cayeron en defensa de la dignidad.

Bibliografía a consultar:
Rodríguez Alcalá, G. Residentas, destinadas y traidoras (1991). Edit. Criterio. Asunción
Mendoza, H. La campaña de las Cordilleras (2010). Edit. El Lector y ABC Color. Asunción
Cardozo, E. Hace 100 años. Crónicas de la guerra de 1864-1870. Tomo III (1970). Edit. Emasa. Asunción
http://www.lagazeta.com.ar/acosta-nu.htm. Batalla de Acosta Ñú – 16 de agosto de 1869 (Día del niño paraguayo). Consultado el 25 de julio de 2013

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El Ateneo Paraguayo y su derrotero

El 28 de julio se recordarán 130 años de la fecha de fundación del Ateneo Paraguayo, ocurrida en 1883 en la ciudad de Asunción, a escasos 13 años de haber culminado la Guerra Guasu.

La construcción de dos plantas de la derecha, en primer plano, es el Palacio Barrios, casa del yerno de don Carlos, Vicente Barrios, construcción ya desaparecida en Pdte. Franco e Independencia Nacional. A ese lugar se mudó el Instituto cuando fue derribada la Casa López-Carrillo. La de la izquierda es el fondo de la actual Farmacia Catedral (fotografía Colección Charles Müller)
La construcción de dos plantas de la derecha, en primer plano, es el Palacio Barrios, casa del yerno de don Carlos, Vicente Barrios, construcción ya desaparecida en Pdte. Franco e Independencia Nacional. A ese lugar se mudó el Instituto cuando fue derribada la Casa López-Carrillo. La de la izquierda es el fondo de la actual Farmacia Catedral (fotografía Colección Charles Müller)

El país estaba tratando de salir de la tremenda crisis producida por la Guerra contra la Triple Alianza por diversos medios. Uno de ellos era el intento de reconstrucción de las instituciones y la instalación de otras que nunca estuvieron presentes en el país.

De hecho, las acciones culturales en el país siempre fueron escasas, ya sea por lo «cerrado» del Dr. Francia o porque no hubo tiempo de consolidar el proyecto transformador encarado por don Carlos debido a la contienda contra Argentina, Brasil y Uruguay entre 1864 y 1870.

Sin embargo, ni bien fue ocupada Asunción en 1869 por los Aliados, la capital y el resto del país se abrieron de nuevo y comenzó la ardua tarea reconstructora de la nación.

En ese ambiente de grandes movimientos sociales se conformó el Ateneo por muchos de los más brillantes intelectuales del país: Los nombres de Adolfo Decoud, Benjamín Aceval, Ramón Zubizarreta, Alejandro Audivert, Leopoldo Gómez de Terán y Cecilio Báez pueden leerse en el acta fundacional junto al de otras importantes figuras de distintas áreas y especialidades.

Pero la institución no duraría mucho tiempo; apenas seis años, puesto que en 1889, debido quizá a desavenencias personales de sus integrantes y lo convulsionado de la política criolla, disolvió sus actividades.

Sin embargo, el germen de la asociación estaba presente. En 1895 aquel impulso inicial dio paso a la formación de otro grupo que sería igualmente importante: el Instituto Paraguayo, órgano continuador de los esfuerzos del Ateneo.

A ese impulso se sumó, en 1913, la creación del Gimnasio Paraguayo y el Club de Gimnasia y Esgrima, conformados en su mayoría por jóvenes paraguayos que volvían de usufructuar becas en el exterior.

El país vivía una de sus eras más brillantes, la conocida como el Novecentismo. En ese ámbito, la unión de los tres grupos se concretó en diciembre de 1933, adoptándose como nombre propio el del anterior Ateneo Paraguayo como un homenaje al grupo inicial.

Esta denominación no está libre de polémica, ya que algunos investigadores como Raúl Amaral sostienen que un Ateneo y otro difieren mucho en intereses generales y, por lo tanto, no son la misma institución. Como fuere, lo que no se puede negar es el impulso y el apoyo que estos tres grupos dieron a la cultura de nuestro país y a su desarrollo con el propósito de sacar al país del sitio en donde le sumió la guerra.

Bibliografía:
Amaral, Raúl. Escritos Paraguayos. Editorial Mediterráneo (1984). Asunción
Gamarra Doldán, Pedro. En el Centenario del Gimnasio Paraguayo. Suplemento Cultural del diario ABC Color (2013). Asunción
Pérez Acosta, Francisco. Núcleos Culturales del Paraguay Contemporáneo. Edit. del autor (1959). Buenos Aires

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Francisco Solano López Carrillo

La omisión del título militar de Francisco Solano López Carrillo en el título de este comentario es a propósito, pues en este artículo no existe intención de hablar de esa faceta.

Portada del libro La Guerra del Paraguay, del inglés Jorge Thompson (1910)
Portada del libro La Guerra del Paraguay, del inglés Jorge Thompson (1910)

El próximo 24 de julio de 2013 se recordará el 186º aniversario del nacimiento de Francisco Solano López Carrillo, hijo primogénito de doña Juana Pabla Carrillo y de don Carlos A. López.

Y si bien es cierto su actuación política y militar no esta exenta de polémicas y controversias, su vida personal no se queda atrás. Su padre, don Carlos, fue el primer presidente constitucional del Paraguay electo en el congreso de 1844, cuando él apenas contaba con 17 años.

Otro brillante militar, pero contemporáneo, el Cnel. Arturo Bray, quien sumó a su experiencia en las armas la producción literaria, escribió uno de los libros más ecuánimes acerca de la figura de Francisco Solano distanciándose del mito que lo rodeó luego de la Guerra contra la Triple Alianza y sus nefastas consecuencias.

Bray se despojó del áurea de romanticismo y de la categoría de héroe o villano con que frecuentemente se dividen las opiniones con respecto a Francisco Solano para presentarnos su dimensión histórica, pues en su opinión «la historia ha de ser relación de la verdad y no instrumento para halagar el patriotismo».

«Querer a nuestros héroes y próceres limpios de toda mancha, sin una mácula sobre su escudo ni un solo pecado en su vida pública y privada, es necedad impertinente que a nada bueno conduce», afirma el prefacio del libro Solano López, Soldado de la Gloria y del Infortunio.

Pero Bray no fue el único. Desde el siglo XIX ha sido tema para muchos autores que lo han tratado de todas las formas posibles: lo han alabado, condenado a los infiernos, elevado a los altares, denostado, criticado, mitificado y reivindicado.

Para algunos fue un villano. Para otros, sobre todo los que ayudaron a rescatar la figura en el 900 paraguayo, fue un héroe. Y es que si nos atenemos a la estricta dimensión de la concepción grecolatina del heroísmo y del héroe (un semidiós, hijo de un mortal y de un dios) las acciones que lo sobresalen dan la pauta y confirman la definición.

El héroe es una persona adornada con todas las virtudes posibles (que devienen de su deidad), pero también sujeto a todas las pasiones (que devienen de su mortalidad). Capaz de acciones nobles, pero también de sorprendernos con otras bajas. Es capaz de dar la vida por sus ideas y su pueblo, pero no duda en llevarlo a la ruina pretendiendo un fin ideal.

Si bien es cierto podemos asumir la posición heroica de Francisco Solano, es importante entender que como ser humano, en la otra vereda, hay hechos que confirman su mortalidad. Para saber y entender eso hay que leer, leer y leer. No quedarnos con un sólo texto y para ello les recomiendo, entre muchos más, los siguientes títulos bibliográficos:

Solano López, Soldado de la Gloria y del Infortunio. Arturo Bray. Carlos Schuman Editor (1984)
Francisco Solano López, Cartas y Proclamas. Julio César Cháves. Editorial Nizza (1957)
Con la rúbrica del Mariscal. Juan Livieres Argaña. Tomos I, II, II, IV, V y VI.
La Guerra del Paraguay. Jorge Thompson (1910)

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El Mcal. Estigarribia y la Constitución de 1940

En la edición 19 del 11 de junio pasado de este suplemento, habíamos hablado acerca de la Constitución nacional de 1870 y sus antecedentes sociales y políticos. En este número comentaremos algunos pormenores de la Carta Magna de 1940 y sus circunstancias.

La Guerra del Chaco (Paraguay y Bolivia, 1932-1935) tuvo dos actores principales en cuando a la conducción militar (de la civil nos ocuparemos luego), el coronel Rafael Franco y el general José Félix Estigarribia. Ambos fueron también protagonistas de otra historia militar poco tiempo después. El 17 de febrero de 1936, el conocido como «Presidente de la Victoria», Dr. Eusebio Ayala, renunció a la primera magistratura luego de un alzamiento militar que desembocó en cruentos combates en Asunción, asumiendo la dirección del país de manera provisoria el Cnel. Rafael Franco.

Apenas 16 meses después, el gobierno del Cnel. Franco fue depuesto por otro golpe militar y el poder le fue entregado de nuevo al Partido Liberal, que en una elección unipartidista en 1939 presentó a José Félix Estigarribia como candidato presidencial.

Lo cierto es que fue el breve gobierno del Mcal. Estigarribia el que propuso y promulgó la Constitución de 1940, nacida luego de la Guerra del Chaco, en reemplazo de la de 1870, nacida luego de la Guerra contra la Triple Alianza.

«Los instrumentos políticos con que contaba el Estado para gobernar a la Nación eran deficientes e ineficaces» para alcanzar la restauración del país, rezaba el preámbulo de la Constitución de 1940, por lo tanto se volvió necesario declarar caduca la anterior y encarar un nuevo documento nacional.

La sanción de la Carta del 10 de julio de 1940 firmada por Estigarribia decía: «Artículo 1°. Desde esta fecha entra en vigencia la presente Constitución en substitución de la Carta Política de 1870. Artículo 2°. Someto la presente Constitución al veredicto del pueblo, a cuyo efecto convoco a todos los ciudadanos a plebiscito, que se realizará el 4 de agosto próximo venidero, de acuerdo con las leyes electorales vigentes y a la reglamentación que se irá oportunamente. Artículo 3°. Comuníquese, publíquese y dése al Registro Oficial».

Los 94 artículos de este documento entraron en vigencia a partir del 15 de agosto del mismo año y las pretensiones de Estigarribia de apoyarse en este importante instrumento para llevar adelante sus planes fueron truncadas apenas un mes después. El 7 de setiembre de 1940, yendo a pasar un fin de semana a la ciudad de San Bernardino junto a su esposa Julia Miranda Cueto, el avión que los trasladaba capotó cerca de la ciudad de Altos pereciendo todos en el accidente, incluído el piloto Cap. Carmelo Peralta. El título de Mariscal le fue impuesto a Estigarribia en carácter post morten ante esta situación.

En el año 1967, estando en el Gobierno otro militar, el Gral. Alfredo Stroessner, el Paraguay volvería a ver modificarse la Constitución nacional. Pero esa es otra historia que veremos más adelante.

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Francisco Sauvageod de Dupuis y el Himno nacional

Francés de nacimiento (1813), no existe mucha información acerca de él hasta que recaló en Asunción en 1853, contratado por don Carlos Antonio López como parte de sus acciones para modernizar el Paraguay.

Portada del resultado de la encuesta llevada a cabo por el Instituto Paraguayo para la dilucidación de la originalidad del Himno nacional paraguayo en 1923 y cuyos resultados fueron entregados en 1930 al Estado para ser promulgado en 1934 (copia del original propiedad del autor)
Portada del resultado de la encuesta llevada a cabo por el Instituto Paraguayo para la dilucidación de la originalidad del Himno nacional paraguayo en 1923 y cuyos resultados fueron entregados en 1930 al Estado para ser promulgado en 1934 (libro, propiedad del autor)

Muchos fueron los técnicos y especialistas europeos cuyo servicio don Carlos había solicitado a Europa con la idea de darle al Paraguay una fisonomía moderna. Fue así que en 1853 llegó al Paraguay Francisco Sauvageod de Dupuis para hacerse cargo de la organización musical del Paraguay. Fue tan importante su contratación que percibía más que un ministro de Gobierno (mientras él ganaba 100 pesos fuertes, Francisco S. López ganaba 50).

Unos años antes habían comenzado los intentos por dotar al Paraguay de un himno. Información de ello se puede encontrar en el periódico El Paraguayo Independiente de 1845. Lo cierto es que ante lo caro que iba a costar que el autor del himno argentino, Vicente López, escribiera el nuestro, el poeta uruguayo Francisco Acuña de Figueroa tomó la iniciativa y en 1846 le obsequió al Paraguay los versos indicando en el manuscrito original que la música era igual a la del Uruguay pero sin acompañar partitura alguna.

Ese detalle ayudó a alimentar la polémica sobre el verdadero compositor de la música de nuestro Himno. Algunos sostienen que fue Dupuis, otros que fue el húngaro Debalí. Lo cierto es que el italiano Cavedagni, músico que llegó al país en 1874, fue el primero que lo publicó en ese mismo año en Buenos Aires. También hay otras versiones de Cantalicio Guerrero, Nicolo Pellegrini y Remberto Giménez.

Luego de la Guerra contra la Triple Alianza, el himno quedó relegado como muchas otras cuestiones de Estado, y se conocieron y utilizaron otras «canciones patrióticas», tanto en guaraní como en castellano, sobre todo alimentadas por la catástrofe que provocó la contienda.

Recién en 1934 se oficializó al Himno, pero con una curiosa base anecdótica: la encuesta que en 1923 iniciara el afamado Instituto Paraguayo «a fin de dilucidar diversos puntos obscuros y dudosos a su respecto», la que culminó con el veredicto de que el mismo era auténtico basado en diversos estudios bibliográficos y emerográficos.

Por último, el 20 de mayo es recordado como el del Himno Nacional paraguayo porque ese día fue entregado por el poeta Acuña de Figueroa a los representantes nacionales con dedicatoria especial al Paraguay y al presidente Carlos A. López. Dupuis fallecería en 1861, un día como hoy, 2 de julio, y Acuña de Figueroa el 6 de octubre de 1862, pocos días después que don Carlos Antonio López.

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La Constitución de 1870, sus antecedentes

En enero de 1869 ocuparon la ciudad de Asunción las fuerzas aliadas de Argentina, Brasil y Uruguay, y con ello terminaba una época y comenzaba otra en la historia de nuestro país, tal como la reconstrucción de las instituciones que sufrieron daño y la creación de otras nuevas.

Acta manuscrita de la Convención Nacional Constituyente (1870). Archivo digital, gentileza de la Biblioteca Nacional del Paraguay, copia del autor
Copia facsimilar del acta manuscrita de la Convención Nacional Constituyente (1870). Archivo digital, gentileza de la Biblioteca Nacional del Paraguay, copia del autor

Una de esas instituciones es la Constitución, una de las consagraciones más importantes del sistema jurídico de cualquier nación, fruto de la inteligencia y el entendimiento de su pueblo reunido en convención constituyente para llevar adelante el objetivo nacional.

Si bien es cierto que en 1842 se tuvo el primer intento de una Carta Magna durante el gobierno de don Carlos Antonio López, ésta no llegó más allá de un reglamento de gobierno. Tampoco hubo mucho tiempo de avanzar, porque la Guerra con la Triple Alianza llegaría pocos años después con su carga trágica para el pueblo paraguayo.

Y es así que las fuerzas aliadas enemigas ocuparon en enero de 1869 la ciudad de Asunción mientras el Mcal. López iniciaba su camino sin regreso hacia el norte del país para terminarlo en Cerro Corá 14 meses después.

Mientras tanto, la injerencia de los países de la Triple Alianza, especialmente del imperio del Brasil y de la Argentina se hizo sentir por mucho tiempo sobre todos los asuntos políticos y sociales en nuestro país, incluso hasta hoy en día.

La efervescencia política en Asunción, luego de la ocupación, alcanzó niveles muy altos. Comenzaron los grandes movimientos populares que terminarían con la creación de los dos grandes partidos políticos, la discusión sobre los derechos civiles y la laicidad del Estado, la recuperación de la educación y del comercio, y comenzaron los movimientos inmigratorios y la repatriación.

De igual manera, en cumplimiento del Tratado de Alianza contra el Paraguay del 1 de mayo de 1865, sus integrantes se prestaban a imponer sus condiciones a través de un protocolo y los políticos paraguayos aceptaron, exactamente un día como hoy pero de 1869, las condiciones de los enemigos para la conformación de un gobierno provisorio en el Paraguay que tendría, entre otras, la misión de convocar a una asamblea nacional constituyente para la creación de una Constitución.

Fueron momentos muy álgidos, de mucha actividad social y política, de acuerdos, de convulsiones, de necesidades y un gran ímpetu por tratar de salir de las pésimas condiciones en que la guerra dejó al país.

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