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“Al tomarle el pulso, Francia abrió los ojos y lo conoció cuando más se acercaba el último trance. El Dictador aprovechó este momento para preguntar de su estado. El médico (Dr. Vicente Estigarribia), con toda franqueza contestóle: señor, la enfermedad no tiene remedio…”.

El Dr. Francia, según Lorenzana

El Dr. Francia, según Lorenzana

De esa manera relata el investigador Antonio Ramos en su obra “La muerte del Dictador Francia” (El Liberal, 1935) el transcurrir de los últimos minutos del Karai Guasu.

Acostumbrado a dar largos paseos a caballo por la ciudad en las tardes, un aguacero le sorprendió en el mes de julio de 1840 produciéndole un malestar del que se vio recuperado aparentemente. Sin embargo, su salud, con 74 años a cuesta, no iba a mejorar a pesar del reposo y los cuidados de su médico personal.

“Cada día que pasaba su estado se agravaba y en la segunda quincena de setiembre una fuerte crisis no tardó en poner fin a sus días” (Núñez, 1972). Luego de pasar tres días, desde el 17 de setiembre, sin ninguna mejoría, aquel hombre poderoso que no se dejó vencer por la adversidad durante 25 largos años, dictó al oído del médico su última voluntad acerca de la distribución de sus bienes personales. Francia partió definitivamente al mediodía del 20, a las 13:30 en presencia de su médico, de su fiel de fechos Policarpo Patiño, de María Roque Cañete y Ubalda García (Cháves, 1958).

El Congreso, en 1841, decidió distribuir los bienes de Francia de la siguiente manera: De sus sueldos no cobrados, una parte al Colegio Seminario junto a sus joyas personales; otra parte para pagar las honras fúnebres al recordarse el primer aniversario de su desaparición; otra parte más a su hermana, Petrona Regalada Francia, junto con un baúl y cajas con ropas; sus esclavos fueron declarados libres de toda servidumbre. A Ubalda y a María Roque, su chacra de Yvyray, y a la tropa de los cuarteles de los fuertes y la frontera un mes de sueldo (Núñez, 1972).

“No podía haber acontecido un suceso más triste, que el que con mayor dolor nos reúne en este templo a celebrar las exequias del Excmo. Señor Dictador Perpetuo de esta República”, cita el presbítero Manuel Antonio Pérez en la Iglesia de la Encarnación durante la ceremonia del sepelio.

Había ocurrido lo que no parecía ser. Se habían acabado 25 años de gobierno autocrático y muy particular de Francia. Mucho ocurrió en ese tiempo: el desaire a Bolívar, la prisión de sus enemigos, el paredón para algunos y para otros el exilio, el enclaustramiento del país, una educación dirigida al campo y la conformación de una estructura social totalmente dependiente de su figura darían paso a otra generación de políticos que esperaban su momento.

Llegó el tiempo de los López, de don Carlos y, luego, de su hijo, Francisco; de la modernización del Paraguay en manos del primero y de la destrucción por efecto de la Guerra contra la Triple Alianza en manos del segundo.

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